martes, diciembre 12, 2006

Leído en *Celebración de la carne* (IV)

4. Juan Guinot [Hamsters]
(fragmento de su novela inédita)
El televisor de plasma se apagaba solo ni bien reconocía que la familia Ledoux se había quedado dormida. Dentro del departamento se escuchaban dos sonidos: la brisa del Mediterráneo y la ruedita del hamster dando vueltas sin parar.
Como si se tratase de una díscola “Vuelta al Mundo” de parque de diversiones, los dos aros paralelos hacían “chiqui chiqui chiqui”. Entrada la madrugada el rendido animalito abandonaba el anillo de un salto. La inercia de las tracciones de sus patitas dejaba al aparato girando en una vuelta más de fantasma.
En la veterinaria de La Garde, a Jean (Papá Ledoux) le habían asegurado que era hembra.
En el trayecto de regreso al hogar, el hamster le originó un repentino ataque de alergia y no paró un minuto de estornudar. El parabrisas interior salpicado por gotitas de saliva le dificultaba la visión de manejo. Maldiciéndolo le puso nombre: “Cocot”.
Aquel día sorprendió a todos con la pecera en la mano. La primera en verlo fue su mujer (Anne Marie) y casi se murió del espanto: “¡Una Rata!”.
Alertados por el alboroto llegaron Phillipe y Colette. Le arrebataron a Jean la pecera con el hamster y la encastraron al lado del televisor.
En ese preciso instante Colette lanzó eufórica: “¡Sophie!, se llamará Sophie”, en clara alusión a la famosa modelito de nueve años.
El animalito había pasado de ser un anónimo roedor de vidriera a gozar simultáneamente de un triple bautismo: Sophie, Cocot y Rata.
La situación de ser heterónomo cubrió su verdadera identidad, empezando porque se trataba de un macho y culminando porque no era más que un ratonzuelo fallido (de los más de un millón nacidos sin cola), rescatado de los laboratorios de biotecnología y entrenado en el oficio del cobayo.
Instalados en el comienzo del año dos mil dieciocho el nuevo bichito con pecera no paraba de rolar sobre la rueda.
Los miembros de la familia se rieron al verlo en loca carrera y le demostraron su aprecio llamándolo cada uno por su nombre. “Sophie –Cocot – Rata”. Enternecidos por las morisquetas se apiñaron los cuatro para contemplarlo.
Los quitó del trance la tele. La señal indicaba el inicio de “Noticiero Familiar” que emitía Teve France a las siete de la tarde. Era de lo más visto y en el transcurso de la emisión se intercalaban coberturas mundiales (avistadas desde los satélites en vivo), con concursos de preguntas y respuestas conducidos por Sophie.
La modelito de nueve años tenía enloquecido a grandes, niños, hombres y mujeres. Era una hermosa y precoz manequine que había desarrollado unos prematuros pechugones como consecuencia de su adicción a las patas de pollo con caramelo de la Bio Corp.
Los dulces muslitos, frutos de la experiencia genética, eran producidos en serie, sin necesidad de contar con un pollo en cuerpo completo. El logro de los genetistas fue la fabricación de patas que se multiplicaban como fotocopias. Al final del proceso un baño de caramelo otorgaba el toque distintivo. El consumo se expandió rápidamente y una consecuencia “no deseada” casi opaca el suceso. A las niñitas les empezaron a crecer las tetitas. Frente a esta situación, la BioCorp, contrató a una de las afectadas y la transformó en la modelito Sophie.
Fue magistral aquella jugada. Debido a la promoción de la niña de turgentes pechines, se triplicó el consumo de las patas de pollo con caramelo. Todas querían tener las tetas de Sophie.
En el programa era secundada por el muñeco de un gallo gracioso y gritón. Sophie preguntaba a los niños detalles de las noticias recién vistas y estos contestaban con tipeos acelerados sobre el teclado que venía adosado al televisor. Si acertaban, la empresa “Biocorp” les enviaba en menos de treinta minutos una partida de sus famosos productos de ave para cenar.
Fue esta la razón por la cual, ni bien apareció en la pantalla “Noticiero Familiar”, le tiraron unas hojas de lechuga al roedor de varieté y se abocaron de lleno a seguir la emisión del día.
En cuanto al cubículo de vidrio que contenía al animalito, tenía relación con el “estilo decorativo Lego” que estaba haciendo furor en Francia por esos tiempos. Sillas, mesas, aparadores, inodoros, mesitas ratonas, objetos, camas, todo estaba diseñado en cubos que podían acoplarse perfectamente, como prescribía el difundido sistema infantil de juegos con ladrillitos.
Frente a la pantalla, los ojos de la familia departían la intención de sus órbitas entre la pecera y las imágenes de la programación.
El cobayo pretendía llamar la atención y hacía morisquetas.
A Anne Marie le mostraba siempre los dientes filosos y se ponía loca, decía: “la Rata me odia”.
Jean pleno de templanza le respondía: “Cocot está haciendo una pantomima de Castor” y luego acotaba la pequeña: “mamá, no ves que Sophie te quiere. Mirá como se ríe cuando hablamos de vos”.
Y Anne Marie mutaba la piel en papel de arroz cuando el hamster además de mostrarle los dientes “de castor”, sacaba las garras en punta y le daba enfurecido al cristal de la pecera.
Con los niños se dio una buena integración.
Cada tarde, cuando los niños llegaban del colegio les hacía alguna acrobacia que consistía en darle a las corridas sobre la rueda, parar de golpe y, por fuerza centrífuga, volar hacia arriba. En el aire daba una vuelta de tirabuzón y luego caída firme en cuatro patas, redondeando un cuadro perfecto.
Phillipe y Colette aplaudían haciendo con las palmas ruidos secos.
Para lo hijitos el regalo resultó oportuno, papá Ledoux se ausentaría por el viaje que lo iba a internar en el desierto del Sahara Occidental y fue el cobayo un gran compañero de los pequeños.

Dos semanas más tarde, para cuando Jean retornó de ese periplo, los niños en tropel se le fueron encima.
El reencuentro fue pura fiesta y Jean debería haber sido pulpo para poder abarcar con sus brazos a la familia en pleno. Todo era bulla: los silbidos de la olla a presión, la televisión con el volumen hacia arriba y el hamster girando en el piso aserrín con la lengüita salida para un costado.
El batifondo venido desde la tele hizo que callaran y orientaran sus miradas a la pantalla para ver el adelanto de lo que sería la pelea de box de todos los tiempos.


Tras pasar la publicidad rimbombante, Jean desenvolvió la lengua. Restregándose las manos le preguntó a su mujer:
- “¿Qué hay de rico para comer?
- “Mon amour, te esperé con el repollo que tanto te gusta”
Y sin que intercediera un roce, aquella vocecita dulce de Mamá Ledoux dándole la buena nueva, le aceleró una erección. Para sortear el incidente introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y con precisas maniobras recompuso la línea en el meridiano izquierdo de las bragas.
Anne Marie se sonrojó.
Era un código compartido. Ella odiaba el repollo porque sabía que la consecuencia digestiva se corporizaba en espectrales y fétidos cuescos de entre sábanas. Pero sabía también que Jean respondía a ese gesto con un corto, pero efectivo encuentro mensual de sexo.
Anne Marie había iniciado la cocción horas antes para sorprenderlo. Como no tenía coles en existencia, salió excitada hacia la verdulería del bueno de Monsieur De Bono, distante veinte metros de su edificio, para comprar los repollos. El verdulero se asombró cuando descubrió que la mujer respiraba agitada como si hubiese venido trotando desde Hyeres-Les-Palmiers. Pero la discreción de un francés educado evitó que la interrogara. Con las manos decididas, recogió el repollo producido en la hidroponía de los “Viveros de la Eterna Primavera”, de la isla de Porquerolles.
Dentro de la cocina se la pasó trinando el repertorio de Edith Piaff.
Tan pronto como el vapor copó el departamento, los perfumes enloquecieron al cobayo. Este empezó a dar saltos ensortijados de bailarín clásico para llamar la atención de la cocinera.
A la hora de haber iniciado el espectáculo, casi extasiado, logró que la madre lo divisara. Cuando se acercó para ver “que le pasaba a la ratita”, el roedor la esperaba con una formidable composición de ternura. Había tirado para abajo las orejas, los ojitos caían desde el extremo hacia el piso de aserrín. Y, al final, le soltó una lágrima que surcó los pelitos de la cara, haciendo trampolín sobre el hocico.
Anne Marie fue por lechuga y la mascota nada.
Quedaron hocico a cara. Uno frente a otro. El ratonzuelo empezó a mover los bigotitos como si fuesen dedos de mago a punto de dar con un encantamiento. Tan efectivo fue ese accionar que logró que Anne Marie interpretara la solicitud. Fue donde el repollo y le llevó unas hojas sin hervir.
Sophie-Cocot-Rata se comió todo y cuando los chicos llegaron encontraron al hamster dándole a la masticación en forma inusitada.
“Mamá, ¿viste como le gusta el repollo a Sophie?”-dijo el niño.
“Si”-respondió la madre-“querés darle más”- y le acercó nuevas porciones.
El animalito estaba desesperado por más y más. Pero como ha sucedido desde los tiempos fundacionales de la humanidad la tentación suele ser mala compañera y cual manzana brotada del edén resultó aquella hortaliza para nuestro diminuto Adán de pecera, aserrín y ruedita giratoria.
El repollo floreció en cólicos dentro de las tripas del ratoncito de laboratorio y luego se tradujo en diarrea convulsa.
El cobayo daba vueltas en el piso como Curly, el de los tres chiflados, debido a la propulsión de los cuescos y haciendo un círculo en el colchón del aserrín (con igual velocidad que lo ejecutaba en la rueda), llegó a cavar un pozo. Los chicos se asomaron y lo vieron quieto.
“Mami, Sophie se durmió”- dijo Colette
La Tele subió intempestivamente el volumen y la familia unida viró la atención al inicio de “Noticiero Familiar”.
Se acomodaron en el sofá haciendo escalerita: Papá, Mamá, Philippe y Colette.
Anne Marie tenía la bandeja individual anti vuelco. La repartió. Cada uno se la calzó del cuello, dejándola firme debajo del mentón.
Ella y Jean la cargaron con el perfumado repollito.
Los Chicos recibieron las patas de pollo con caramelo.
“Noticiero Familiar” hizo una emisión reducida. Aquella noche se disputaba la batalla por la unificación del título mundial categoría Gallo, que tenía en vilo al mundo entero.
Nadie se la iba a perder, excepto por “Sophie-Cocot-Rata”, la que yacía inerte, rodeada por un vaho de pedos, suspendido sobre el cuerpito agonizante, llegado al auto entierro, centímetros debajo de la línea del aserrín donde la rueda daba el último giro de fantasma: “Chiqui”.

Celebración de la carne

7 Comments:

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