jueves, diciembre 07, 2006

Leído en *Celebración de la carne* (II)

2. Osvaldo Rodriguez [Camaleón]
(capítulo 19 de su novela inédita)

Para esta época del año hay muchos papanoeles. Ventas navideñas, fiestas. Todo el mundo quiere su papanoel. Negocio que no tiene un papanoel no funciona. Los papanoeles andan por todas partes. Chicas en bikini repartiendo folletos son papanoel. Los botones de los hoteles son papanoel. Cientos de papanoeles.Gordos verdaderos o falsos haciendo su trabajo panoelesco. Papanoel está en todos lados y aún así siempre faltan papanoeles.

Mientras cumplía el horario de alguna oscura changa, o se preparaba una comidita con restos aparentemente guardados de cenas y almuerzos anteriores, o en aquellos momentos que hasta entonces había dedicado a al desarrollo de meticulosos planes y complots para destruir el mundo, ahora El Rey de la Noche no podía dejar de pensar en ella.
También es cierto que no tenía nadie más en quien pensar. Pero Lucy, la reina de los placeres virtuales, la nueva estrella de las cajitas felices del oeste y madre protectora de los desposeídos sexuales, se había vuelto para él una obsesión.
Iba a verla tan seguido como le era posible, distrayendo recursos antes invertidos en acrecentar su colección musical o en pilas para el antiguo aparato que le permitía escucharla.
Entonces se puso estrictísimo con todo. De ahora en más racionamiento de gas. Ya que estamos en verano el té lo puedo tomar frío. El mate no, el mate frío me descompone.
Como si alguna vez hubiera vivido en la opulencia, se había obligado a prescindir de cualquier lujo o gasto secundario. Solo lo primordial es necesario. Estamos en Período Especial y Economía de Guerra.
Sus fantasías sexuales hasta entonces burdas y fraguadas de imágenes ajenas, ahora le eran propias.
Si bien Lucy lo había impactado de entrada, al principio era todo muy extraño. Talvez no estaba preparado. No todos estaban preparados para Lucy.
A la mayoría ni siquiera le interesaba. No querían nada raro. Solo cosas simples. Instrucciones precisas para ser saciados con eficiencia. Ponete así, ahora tocate, mostrame las tetas, decime papito, putito, patito, sacate todo, despacito, a ver el instrumento, sacalo, chupalo, metetelo en el culo, así, así, así.
Pero Lucy, Lucy era muy distinta. Había otra interacción. Y ella además, para no aburrirse y un poco también por cierta aptitud natural para la tarea, más allá de lo que pidieran los clientes, siempre metía alguna cosita innovadora.
Si le pedían una odalisca, por ejemplo, lo hacía muy complaciente, pero también convertía su blanca piel al más negro de los negros. O llenaba su cuerpo de piercings que nadie había pedido, o sus ropas beduinas se las llevaba el viento y su cuerpo completo se convertía en arena.
Precisamente por esas cosas El Rey de la Noche estaba enloquecido y lujuriosamente enamorado.
De mucho antes ya iba a las cajitas, pero nunca elegía nada en particular. Tenía etapas. Estaba un tiempito con una y un tiempito con otra, pero no eran muchas las variantes y cualquier entusiasmo se le pasaba pronto.
Ese primer día lo atrajo la larga fila para acceder a uno de los boxes. Pensó que sería el clásico tipo de estupidez colectiva. La misma que provoca que la gente se siente en la mesa recién desocupada o se coloque en la primera fila de las boleterías aunque sea la más larga.
No tenía sentido porque en cualquier compartimiento se podía pedir a cualquiera de las chicas del menú. Era lo mismo.
Pero a Lucy no. Lucy había una sola. Ya se había corrido la voz y la incauta mosca de la curiosidad también cayó en la tela de esta araña de mil patas.
Junto a la puerta, los otros cubículos solo tenían un número pero allí los administradores habían colocado de forma improvisada, un cartel con el nombre “LUCY”.
Cuando le llegó el turno, la luz indicadora pasó de roja a verde. Y aquella primera vez, solo por pedir y sin que medie para ello demasiada explicación, el Rey de la Noche le pidió a Lucy un payaso, o para ser más precisos: una payasa. Nada más. Solo uno de esos tópicos comunes.
Y cuando entró ya estaba Lucy totalmente desnuda frente al vidrio que los separaba.
Lucy, muy tranquila y actuando naturalmente como si nadie la observara, se sentó en una silla que antes no estaba y comenzó a maquillarse con distintos elementos que aparecían y desaparecían de sus manos, mientras sus piernas se cruzaban y descruzaban hacia uno y otro lado.
Por momentos tenía la impresión que ella lo miraba directamente a los ojos como si fuera él quien estaba dentro del espejo. Pero eran solo miradas fugaces que desplazaban su excitación de la complicidad al fisgoneo
Cuando terminó de pintarse la cara, también de la nada apareció un perchero con las prendas de un payaso. A partir de ahí y cuando comprendió por donde iba la cosa, no pudo resistir la tentación ni el impulso bestial de la sangre inflamada y se desprendió el pantalón para masturbarse.
Lucy parecía tan viva y era tan distinta a las proyecciones más comunes y elementales, que hasta le producía cierta vergüenza hacerlo frente a ella.
Su cuerpo se iría cubriendo lentamente, con una sedosa blusa colorinche que rozaría los pezones. Y el escote se cerraría hasta tapar por completo esos pechitos guapos luego coronados con un corpiño de conos urgentes y triunfales.
Tenía que aprovechar ahora, antes que Lucy se pusiera el ancho pantalón de tiradores cubriendo su culo de clown. Antes que calzara los pies en los enormes zapatones de ridícula princesa. Antes de eso sacudió y apretó su miembro con pasión, sintiéndolo endurecerse y latir en su mano como una bomba de tiempo.
Casi acabada la representación, el pelo negro y corto de Lucy comenzó a crecer y a volverse azul y luminoso hasta formar la mejor y más grande peluca de payaso que recordaba haber visto.
En el reflejo de sus ojos, la putísima payasa se acomodó las ropas, sacudiendo sus tetas angulares y sopesándose graciosamente el trasero escondido en el holgado pantalón.
En el clímax de la cosa, Lucy descolgó del perchero el detalle final que no puede faltar a cualquier payaso que se precie.
Y al colocarse la pelotita roja y brillante en la nariz, la cara de payasa buena y sensual se transformó desfigurándose en una payasa monstruosa y maldita que abre la boca y extiende la lengua gigante de camaleón, deseosa de lamer el semen del desconocido que en ese instante mismo se estrella contra el vidrio.



Celebración de la carne

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