jueves, junio 08, 2006

Leído en *Carne de cañon* (II)

2. Leo Oyola
[fragmento de la novela inédita "Chamamé"]

01 – Despierto en la mañana y levanto mi cabeza, cansado


LA NOCHE NO ES LO JODIDO EN LA RUTA.
Sí, la puta siesta.
El celeste que está en el cielo enceguece. No el sol.
Te la regalo quedarte en el camino a esta hora.
Lo sé porque viví un tiempo en un lugar muy parecido a este.
La misma mierda, solo que más al norte.
¿O estaba más al sur?
Ahora no les puedo cantar la posta.
Quedé culo pa’arriba después de haber dado una vuelta.
¿En qué momento perdí la dirección?
Eso fue desde que aprendí a manejar.

* * * * * * * * * *

Con Noé nos conocimos mientras estuve guardado. Compartimos el mismo pabellón: el de los evangelistas. El boga que llevaba mi caso me había recomendado que la jugara de monje para lograr reducir mi sentencia por buen comportamiento. Y yo, para variar, hice caso.
Cuando estás muerto no hay muchas opciones. Leés o hacés ejercicio. Y dormís. Dormís todo lo que podés.
El hermano Noé leía la Biblia. De principio a fin. Una y otra vez. La estudiaba. La memorizaba. La citaba. Solo largaba “las sagradas escrituras” para hacer pesas. Afuera, había sido músculo y por eso no se quería achanchar. Tenía dos obsesiones: Dios y su cuerpo, tatuado en su totalidad con salmos.
Metía miedo.
Y encima, el loco no dormía. Nunca. Se pasaba las noches en vela afeitándose la barba y la cabeza, rezando frente al espejo en su celda.
Así era Noé; que adentro hizo todo lo posible para que yo regresara a la senda del Señor. Salimos con diferencia de meses. Afuera, de una, los dos volvimos a vivir en pecado.
Otra no nos queda a tipos como nosotros. Nos despertamos cansados.
¡Gloria-Aleluya, hermanos!
A Noé la religión le dio el título de Pastor, sin importarle que fuera un lobo.
El fanatismo del converso te pone una venda en los ojos. Enceguece. Tanto, como la posibilidad de hacerse una buena cantidad de dinero en solo un par de días. Forrarse. Tener en la mano la guita por la que se rompen el lomo los que laburan por derecha en dos años. Insisto: la religión y los billetes enceguecen tanto como el celeste del cielo a la hora de la siesta.
Y yo, definitivamente, no recomiendo al Pastor Noé como lazarillo.

* * * * * * * * * *

Formamos parte de una banda de piratas del asfalto.
Yo iba al volante y Noé hacía lo que se tenía que hacer.
Recuerdo de esa época, que cada vez que me ponía el pasamontañas negro solía joder con que yo era el hermano de Meteoro. Lo hacía para tranquilizarme. También para exigirme.
“Solo sos el misterioso corredor enmascarado. El puto corredor enmascarado. No sos Meteoro. No manejás el Match 5… Nunca vas a ser el mejor, pelotudo. Por eso, ahí afuera, vas a tener que dejar todo, Perro”.
Perro.
Odiaba que me dijeran Perro. Y todo el mundo me conocía por ese apodo de mierda. Me lo había puesto el gracioso del Huevo Rodríguez, un compañero de la escuela, burlándose de mi apellido. Que no me lo vaya a cruzar. Tengo guardado una bala para alguna de sus rodillas. Uso el fierro solo si es necesario. Y no saben lo que necesito dispararle a ese conchudito.
El único que siempre me trató de Ovejero fue el Pastor Noé. Nunca un Manuel a secas. Ni siquiera un Manu. Me llamaba por el apellido sabiendo que así le prestaba mayor atención.
“Ovejero, estoy cansado de que seamos cola de león”, comenzó un buen día a comerme el coco, insistiéndome con que el Señor había previsto para nosotros otro destino. Que nos teníamos que cortar solos.
Y así lo hicimos.
El pueblo, aunque figurara en algunos mapas, estaba muerto. Era un fantasma. Pero no nos importó: a nosotros solo nos interesaba la Quinta de Las Tres Flores. El viudo Madariaga la había bautizado así en honor a su madre, su difunta esposa y su hija. Los Madariaga Ledesma no dependían del campo. Nada sabían de él, salvo que se necesitan tractores para trabajarlo. Tractores que ellos vendían. Por eso tenían una pequeña fortuna. Solo era cuestión de que nos entregaran una parte, me había explicado el Pastor Noé.
El plan era sencillo. Había que cumplirlo al pie de la letra y en menos de cinco horas nos hacíamos del botín. La idea era secuestrar a la nena de papá –que estaba de vuelta en casa, de vacaciones- y pedir rescate. Un número que al quía no lo ahorcara. Que le doliera, sí. Pero que no tuviera que hacer tantos malabares. El tema no pasaba por desplumarlo. Era solo sacarle una tajada. Algo mísero si hablábamos de la vida de su hija.
Hicimos los deberes y estudiamos la situación. Le pagamos todo el vino al borracho de turno que nos dio un detallado panorama de lo que andábamos necesitando. De cómo era el movimiento. El alcohol hace hablar. Y mucho.
Nos fuimos a otro pueblo a robar un auto para volver y que no nos reconocieran, esperando mientras que la rutina inalterable del lugar se pusiera en marcha.
Íbamos en el amarillo Dodge Polara del Pastor. El arca de Noé. Estaba impecable de chapa y pintura. Además tenía unas patas. Pero lo que más impresionaba de ese dinosaurio era el motor. El pique del Polara era el de una montaña rusa. Manejaba su dueño cuando, de la entrada de una estación de servicio, salió un perro viejo que el Pastor no se molestó en esquivar.
Tras la embestida, lo miré torcido.
-¿Qué pasa? -me preguntó encogiéndose de hombros– El Señor dijo solo un macho y una hembra por cada especie. Y en el arca de Noé ya estás vos, Ovejero.
Preferí ignorarlo. Se estaba poniendo violento. Más de lo habitual. Y eso era por la abstinencia de alcohol. Solo cuando trabajábamos podía aguantarlo sobrio. Después, yo mismo me encargaba de que nunca le faltara una botella.
Llegamos a Lapacho. Una vez más estuvimos en la nada.
Cargamos nafta en una polvorienta Shell. En la ruta se paró un Scania que iba hacia el norte.
El camionero se bajó con la llave cruz en la zurda, encarándonos.
-¡Eh! ¡Mataperros! A ver si son tan porongas abajo del bote.
Apoyándole el caño del revolver en la barriga que desbordaba sobre el cinturón, el Pastor le mostró que éramos porongas.
Primero se quedó duro. Después volvió a desafiar.
-Así cualquiera.
-Tranquilo, BJ –me puse en mediador- ¿el perro era tuyo?
-No es el caso –toreó aún mientras retrocedía.
No lo perdimos de vista hasta que siguió su camino. El chico del surtidor tartamudeando nos dijo que le debíamos sesenta y tres pesos. Noé sacó su billetera y haciendo toda una ceremonia le dio un papel de cincuenta, uno de diez y otro de cinco. Le dijo que se quedara con el vuelto.
Dimos varias vueltas. Más de las que esperábamos. Mi pierna izquierda comenzó a coser a máquina, temblando con frenesí. Me estaba poniendo nervioso. No conseguíamos ningún puto Polo en esas calles. Yo sé que puedo sonar histérico con todo este asunto de las marcas y modelos. Seguramente debo serlo. Pero yo quería un Polo para este trabajo. Sabía que ese coche iba a responder si las cosas se complicaban. La idea era usarlo lo mínimo. Pero si había que exigir al vehículo necesitábamos sí o sí un Polo.
Cuando lo encontramos, me acerqué con mi destornillador preparado por si acaso. Como era de esperar, en un pueblo, el auto estaba abierto y con las llaves puestas en el tambor. Salí echando putas. Minutos más tarde, de regreso a la Quinta de Las Tres Flores, observé por el espejo retrovisor como se me pegaba a la cola el arca de Noé.
La abuela Madariaga, tomándose su tiempo, recién se había ido a hacer las compras diarias como era su costumbre. No importaba que tuvieran una empleada doméstica.
La empleada doméstica.
Ella también formaba parte del plan.
Noé, Biblia en mano, les golpeó la puerta para hablarles de Jesús. Lo atendió la heredera de los Madariaga Ledesma que, muy respetuosa, le explicó que ellos eran católicos. El Pastor no insistió en su discurso. Solo le preguntó como llegar al correo. La chica le indicó. Noé se pasó el revés de la diestra por la frente para secarse el sudor. No tuvo que abrir la boca para pedir el vaso de agua que Andrea por cuenta propia le ofreció. Cuando le dio la espalda, el entró detrás de ella reduciendo también a la empleada que estaba terminando de levantar los restos del desayuno.
Nos volvimos a encontrar en un camino de tierra prácticamente abandonado por lo intransitable. Lo esperaba fumando, sentado en el capot del Polara. Salvo las ruedas, llenas de un barro que recordaba la lluvia de un par de días atrás, el arca brillaba al sol. Incluso el techo vinílico. Noé llegó manejando el coche de Andrea. En el baúl traía a las dos mujeres atadas y amordazadas.
Me puse el pasamontañas negro.
El misterioso corredor enmascarado volvía a la ruta.
Con el Pastor no nos dirigimos la palabra. Saqué a la Madariaga Ledesma y le desanudé el pañuelo de la nuca mientras Noé buscaba en el directorio del celular de Andrea el número del padre. Lo marcó y se lo acercó.
-¡Hola mi amor!- dijo una voz al otro lado.
-Papiiii…- alcanzó a llorar ella antes de que le tapara la boca con mi mano.
Entonces habló Noé.
Fue contundente.
-¿Tenés esa guita o no?
-Puedo llegar a juntarla, deme más tiempo…- balbuceó Madariaga.
-Entonces andá preparando dos funerales ¡Perdón! Tres. Tres mujeres vas a enterrar cómo le llegue a sonar el celular a tu vieja a partir de ahora. La tenemos vigilada. Lo último que me informaron era que estaba en la carnicería charlando con Don Viltes. Rogá que no la llame nadie. Porque nosotros, ahora, no tenemos manera de saber si sos vos, advirtiéndole, o una de las amigas… ¿Así que no llegas a juntar esa plata? Vos si que sos un hombre de negocios, Madariaga. En seguida hacés números ¿no? Tenés razón: te salen más baratos los velorios. Salvo que gastes en ataúdes de lapacho –sugirió guiñándome un ojo.
-¡No! Por favor. Tengo el dinero. No les hagan nada a ninguna. Por favor.
-Entonces ya sabés: en media hora. Si te pasás un minuto andá encargando las coronas.
Amordacé devuelta a la Madariaga Ledesma mientras el Pastor desataba a la empleada.
Le hicimos conocer a Andrea el interior de otro baúl: el del Polara; y a la otra mujer lo que seguía.
-¿Escuchaste lo que hablamos con tu patrón? –le pregunté. Ella dijo que sí con la cabeza mientras se frotaba las muñecas. Después con el índice y el pulgar de la derecha haría lo mismo con la comisura de sus labios.- Vas a colaborar con nosotros. Si te llegás a retobar ¡Pum! –le disparé con un dedo en la sien mientras se le escapaba un intento de grito que ella misma ahogó. Era una buena respuesta. El miedo es algo sincero. Podíamos contar con la empleada.- La primera que recibe un tiro es la vieja –seguí con esa mentira- donde quiera que esté. Después le va a tocar una bala a la Srta. Andrea. Y vos… vos vas a vivir. Y nosotros nos vamos a encargar de que todo el pueblo se entere que ellas murieron por TU culpa, ¿entendiste?
Tapándose la boca con ambas manos volvió a decir que sí, cabeceando.
Noé se puso tras el volante del arca. Abrió la puerta del acompañante y palmeó dos veces el asiento de esa butaca, invitándola.
Yo la agarré fuerte de los dos brazos.
-Te vas con él y hacés todo lo que te diga. Cambiá la jeta que nadie tiene que sospechar lo que está pasando. Poné cara de enamorada, linda.
El Pastor con el puño tocó la bocina dos veces. En el estéreo sonaba una canción de Los Visitantes.
-Apurando… que se nos hace tarde. –Con un ademán se dirigió a ella- Dale Eva, vení.
La chica entró al arca. Sin mirarlo a los ojos le dijo que no se llamaba Eva.
-Jehová me sacó una costilla para crearte. Así que cerrá el pico pendeja: ¡vos te llamás como a mí se me canten las pelotas!
Sacándome el pasamontañas, mientras veía al Polara alejarse, no pude evitar pensar que Noé, en cualquier momento, atropellaba otro perro.
Después de haber iniciado un controlado incendio en el interior y el baúl del auto de Andrea, lo empujé para que cayera en una tosquera. Recién entonces caminé por el medio del campo para ir a buscar el rescate.
La 4x4 de Madariaga Padre pasó hacia el sur puntual, a las once y media, por el arroyo Pirú a más de cien kilómetros por hora como se le había ordenado; arrojando un bolso sobre el lecho seco y pedregoso. Ni siquiera tuvo tiempo de notar al Polo oculto debajo del puente. Me tomé mis cinco minutos en dejar de simular ser un espantapájaros. En ese lapso de tiempo mi teléfono celular chifló avisándome que había recibido un mensaje de texto. Era de Noé. “Santísima Trinidad”, me informaba dando a entender que ya estaba en el improvisado aguantadero. Después de ver un micro siguiendo la misma dirección de la camioneta, recogí el botín, controlé que estuviera todo lo pactado y lo dividí a ojo en dos mochilas. Rocié con kerosene el bolso y lo prendí fuego. Me subí al auto y lo saqué arando devuelta rumbo al norte.
En la entrada de Irupé, en la EG3, levanté a la puta con la que había estado el domingo a la noche. Con ella habíamos ido a ese telo roñoso en la otra punta del pueblo. Pernoctamos hasta el mediodía del lunes. Mientras ella dormía, huí del cuarto obligado por una espantosa versión en castellano de un tema de Blondie. Aproveché para ver como era la seguridad del lugar. No existía. El conserje estaba en una cabina desde donde veía solo el ingreso y la salida de los vehículos. Las puertas tenían pasadores del lado de adentro. Nada de trabas controladas por circuito cerrado como en los albergues transitorios de la ciudad. Ni siquiera llaves. El mismo conserje, un viejo al que no le entraba una arrugaba más en el rostro, venía a golpear para avisar que se había terminado el turno.
Yo había estado cariñoso con la puta. Es decir, generoso en la paga.
-Cuando vuelvas por acá, buscame- me había ofrecido.
-El jueves al mediodía, ¿dónde te encuentro?- me hice el interesado mintiéndole que iba a Misiones para ver unos parientes y cambiar el auto.
-¿Por qué? Si este es lindo –comentó haciendo un puchero, acariciando el techo de la Renault Fuego afanada en la que andaba en ese momento.
-Porque es viejo y ya no se consiguen repuestos.

* * * * * * * * * *

-El coche rojo te quedaba mejor -fue sincera cuando entró al Polo- ¿a quién llamás?
-Le escribo a mi mujer. Le aviso que estoy llegando. Te extrañé, loca -le contesté mientras ella me bajaba la bragueta y comenzaba a hacer lo suyo con la boca.
Pasada la uno entramos a la habitación. Tenía tiempo más que suficiente para echarme un polvo. Y quería hacerlo.
Esa iba a ser la última puta barata que me iba a coger.
En menos de media hora el conserje iba a golpear la puerta del Pastor avisándole que su tiempo se había terminado. El, para que yo lo escuchara, iba a gritar bien fuerte que le diera otro turno. Noé tenía a la empleada doméstica y a la Madariaga Ledesma en su cuarto. Y ahí se iban a quedar atadas y amordazadas dándonos casi dos hora de ventaja para la fuga. El Pastor iba a salir un rato antes de las dos y media y se iba a meter en el baúl del Polo. No iba a estar ibcómodo: de almohada iba a tener las dos mochilas con los dólares. Yo solo tenía que dejar el telo junto a la puta cuando el me mandara el mensaje de texto.
Íbamos a sacrificar el arca, por eso cuidamos de no dejar ninguna huella nuestra en el. Era un vuelto a cambio de lo que nos llevábamos.
Dejábamos a la puta en la EG3 para que no sospechara nada. Solo tenía que dar la vuelta en U y encarar para el próximo pueblo. Saliendo de Irupé iba a quemar el asfalto con el pedal a fondo sin sacar la quinta ni siquiera en las curvas. Por eso me encanta el Polo. Se agarra. Cambiábamos de auto cuando se pudiera. Gracias por los servicios prestados y a incendiar la adquisición de Lapacho. Aguantar que se haga de noche. Y ahí darle duro hasta la Triple Frontera para pasarla a pie. En Ciudad del Este conseguir dos coches mellizos y de ahí cada cual seguir su camino por un tiempo.
Cuando todo se tranquilizara, nos mandaríamos un mail.
Escuché los golpes en la habitación del Pastor mientras le hacía el orto a mi compañera. Iba a acabar justo cuando oyera la voz de Noé.
Pero el polvo se me cortó.
El Pastor nunca respondió.
El viejo insistió con que había terminado el turno y parece ser que sus golpes lograron abrir la puerta o el se habrá animado a tantear el picaporte.
Después pude oír que el que llamaba a Dios no era Noé sino el conserje.
-¡Es una masacre! ¡Es una masacre! -repetía con la voz entrecortada.
Salté de la cama y me puse el jean olvidando el boxer y el resto de mis prendas.
-Mi amor, ¿qué pasa? -preguntó la puta cubriendo su cuerpo con la sábana.
Quité el pasador y salí al pasillo. El viejo, sentado en el piso y recostado contra la pared, se frotaba con la palma de la diestra el brazo izquierdo.
Estaba sufriendo un infarto.
El motor del Polo rugió en la ruta.
-¡Noé y la concha de tu madre!
Ya me parecía que no había derramado ni una lágrima cuando le dije que íbamos a tener que dejar el Polara. Me había tomado el trabajo de insinuárselo en varias oportunidades como para ir ablandándolo.
Me sorprendió que Noé no hubiera protestado.
Hijo de puta.
Sabía muy bien lo que tenía que hacer.
¿Cuántas veces me vio laburar? ¿Cuántos coches que incendié ardieron delante de sus ojos?
Cuando se deshiciera del Polo ¿como carajo lo iba a encontrar?
Partí de un codazo el vidrio del lado del conductor en el arca. Le quité el seguro y abrí la puerta. Con el brazo barrí los restos de la ventanilla y me acosté sobre el asiento para sacar los cables del encendido debajo del tablero. Logré hacer contacto a los chispazos y retrocedí con la puerta aún abierta del Polara. Lo hice colear y la inercia hizo que se cerrara.
La marca de los neumáticos del Polo me avisaron que el Pastor seguía con el plan original. Se iba al norte, bien al norte. Para antes del amanecer, lo esperaba la Triple Frontera.
El arca me respondió mejor de lo que solía hacerlo con su dueño. Porque el que sabía manejar de los dos era yo. El profesional del volante. El misterioso corredor enmascarado…
¡Pelotudo!
¡Pelotudo!
¡Pelotudo!
Sos solo eso: el hermano de Meteoro.
Me puteaba descargando mi bronca contra el techo y el volante.
De pronto, recordé como era sonreír.
Hey boys, miss magic is back!
El Polo apareció adelante, casi casi en el punto de fuga. El motor del Polara cuando lo exigí me hizo sentir la montaña rusa de la que les había hablado.
-¡Noé, te voy a alcanzar! ¡Vas a tener tu puto diluvio, sorete!
Le toqué bocina para que viera en el retrovisor como me acercaba.
Un hepatítico General Lee. Eso. Un fantasma.
La iba a ser fácil. Tenía que empezar a tocarlo despacio de atrás, para que perdiera el control y hacerlo volcar. No solo que caiga en la banquina.
Quería que volcara ese hijo de puta. Que se hiciera mierda.
Una lástima.
No pude.
¿Por qué?
A ver: ¿qué pasa si al anaranjado vehículo de los Dukes de Hazzard lo enfrentás contra el camión de BJ?
Volviendo de Lapacho se apareció el Scania. El camionero reconoció el arca y ni lo dudó: empezó a cruzarse de carril para chocarme de frente.
Así cualquiera es poronga.
Terminé en contramano para esquivarlo. Por la pericia de mi muñeca pude evitar el impacto. Pero en la maniobra la rueda delantera izquierda del Polara mordió la banquina y reventó. El arca serpenteó antes de terminar dando una vuelta completa hasta detenerse.
De Noé siempre hubo algo que me molestó y eso no tenía nada que ver con su fanatismo religioso. El Pastor era porteño. Como yo.
Era sabido que nos íbamos a cagar. Y el hijo de puta me había madrugado.
Sí, señor.
Pensando en eso comencé a reírme. Tímido, primero. Después llegaron las carcajadas. Cuando paré de llorar de la risa supe que no me había roto nada. No sentía dolor. Sí, estaba mareado.
Escuché un vehículo detenerse. Después la voz histérica de una mujer que no dejaba de repetir ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! mientras un hombre a los gritos hablaba por teléfono pidiendo una ambulancia.
-No se mueva, ya viene ayuda en camino- me dijo sin dejarse ver.
Me dormí un instante y me despertó un sapucay. Era el ruido de una sirena.
Abrí la puerta todavía con la curda del tumbo encima. Caminé hacia la ruta tambaleándome. El tipo que había llamado pidiendo socorro abrazaba a la que seguramente era su esposa. Quise decirle gracias pero no me salió nada.
Un policía desde el patrullero me ordenó que me arrodillara y entrelazara los dedos en la nuca. Su compañero no dejaba de apuntarme.
“Ataúdes de lapacho”, había insinuado el Pastor.
Miré el arca, todo abollado. El techo negro aplastado y el baúl abierto.
Adentro estaba el cuerpo de Andrea Madariaga Ledesma.
Lo dije desde un principio y no me voy a cansar de repetirlo.
La noche no es lo jodido en la ruta.
Sí, la puta siesta.
Te la regalo quedarte en el camino a esta hora.
Obedecí al pata negra y me hinqué en el asfalto.
Mientras me esposaba, miré al cielo y me quedé ciego.



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